Pensar como país: variaciones a una idea

¿En qué debo pensar? ¿Cómo, desde cada uno de sus ciudadanos, se construye un país? ¿Qué hacer que no hacemos? ¿Cómo hacer que lo soñado resulte posible? ¿Cómo entender lo que significa el hecho de que ningún espacio ni momento ni tarea son pequeños o poco valiosos para el movimiento inmenso que es la construcción del futuro?


Y para ti, ¿qué cosa es, en mi caso, pensar como país?

La pregunta surge en la reunión de un grupo de personas más o menos conocidas, algunas de ellas con alta responsabilidad pública. Dicho así, de manera directa, se trata del tipo de interpelación que no es posible tratar como una broma ni echar a un lado sin más. ¿De qué modo se contesta algo así, sin transformarlo en frase tópica, cómoda y apta para ser empleada en intervenciones en las que se desea demostrar energía y convicción?

Lo primero que imagino es que se trata de una proposición que, lanzada por una alta figura de gobierno (el Presidente del país), para ser recepcionada por los ciudadanos de un espacio con las condiciones de Cuba, contiene tanto una indicación política como una invitación a la participación, en un territorio donde se intersectan y colisionan las demandas de transformación interna que pugnan en el sistema, y las presiones externas para retardar(le) cualquier progreso imaginable y/o destruirlo por entero.

¿Por qué la proposición solicita PENSAR? ¿Por qué debo «pensar» cuando ya, se supone, que pienso? O, para explorar la frase desde su revés, ¿en qué no pienso cuando estoy pensando? ¿Qué tiene todo esto que ver con el país? El contenido de la respuesta cambia en la medida en la que aquel que interpela se estima involucrado, no como espectador solitario, sino como actor de aquello mismo que pretende averiguar; o sea, en la medida en la que el cuestionamiento lleva más allá de la definición del contenido de la frase (¿qué cosa es, pensar como país?) o de la solicitud para que otro nos describa un catálogo de acciones a seguir (para ti, ¿qué cosa es, en mi caso, pensar como país?).

La demanda comienza a cobrar pleno sentido en tanto es orientada hacia la vinculación que quien cuestiona encuentra entre sus ideas y/o acciones individuales y los destinos del país -en los más diversos niveles y escenarios– en un acto de pensar que, por saberse estructuralmente conectado a la dialéctica entre dificultad y desarrollo, crisis y superación, problema y soluciones, no puede sino tender, de manera continua, al aumento permanente de la cultura, al fortalecimiento de la capacidad de análisis, a la lectura (cada vez más profunda) del contexto, a la exploración de lo nuevo, al estímulo de la creatividad y la innovación, así como a la celebración de esa capacidad de imaginar y soñar que se opone a la formalización y burocratización mental y de los procesos, para ir al encuentro de caminos nuevos.

Según ello, el pensamiento que desborda al sujeto individual –quien ya no estaría elaborando como un Yo aislado, sino desde el tamaño, la historia, problemas, desafíos y capacidades de todo un país– equivale a observar, seguir, sentir, ser parte de los puntos críticos y los esfuerzos para subsanarlos en una suerte de «razonamiento que acciona» y responde a la demanda averiguando, estudiando, discutiendo, proponiendo posibilidades de avance e imaginando rutas hacia el crecimiento y la sostenibilidad, dentro de un marco de justicia social extendida.

¿En qué debo pensar? ¿Cómo, desde cada uno de sus ciudadanos, se construye un país? ¿Qué hacer que no hacemos? ¿Cómo hacer que lo soñado resulte posible? ¿Cómo entender lo que significa el hecho de que ningún espacio ni momento ni tarea son pequeños o poco valiosos para el movimiento inmenso que es la construcción del futuro?

Creo que el sentido último de todo esto conduce a revisar de qué manera estoy en el país, identifico sus componentes todos, conecto con ellos, analizo fracturas y vacíos, me pregunto, una y mil veces, por soluciones posibles, planteo, defiendo, sufro y me alegro. Y, puesto que el ideal del proceso es que se vea repetido en todas las escalas (individual, laboral, estudiantil, barrial, comunitaria, en comités de base, instancias diversas de organizaciones de la sociedad civil u organizaciones políticas), entonces «pensar como país» equivale al sostenimiento, desarrollo, intensificación, amplitud y ahondamiento del diálogo social en la Cuba de hoy.

Y en la que seamos capaces de hacer, entre todos, una vez más.

 

 

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