Democracia sui géneris

Debemos reconocerlo: Los sucesivos gobiernos de Estados Unidos siempre, e inexorablemente han sido, y serán, consecuentes. Jamás han variado la esencia de su sistema “democrático”, basado en la brutalidad, la crueldad y, sobre todo, el egoísmo desenfrenado.

Claro que de virtuoso no tiene nada pero, al menos, son muy leales a ese sistema. Se jactan de constituir un ejemplo en el mundo y viven obsesionados por ser los dueños absolutos del orbe; y para lograrlo se han convertido en adoradores de las armas, desde las más convencionales hasta las mortíferas nucleares.

Este gravísimo problema es congénito, no solo porque es histórico, sino porque lo traen en la sangre, igual que los glóbulos rojos. Y eso es lo que explica que, con frecuencia aterradora, mueren estadounidenses en su propia tierra, víctimas de gente desquiciada, o la propia fuerza policial que actúa principalmente contra los negros o latinos, es decir, gentes según ellos,  de clase inferior.

Todo obedece a una visión macabra del mundo; muchas de sus propias películas nos muestran un sadismo increíble en busca de mayores ganancias de compañías cinematográficas: seres degollados; familias enteras asesinadas; ciudades que desaparecen por la acción malvada de terroristas y otras increíbles escenas donde la maldad humana se nos muestra vencedora.

Pero el problema va más allá de sus fronteras; siembran  bases militares para rodear los países, e inculcan la perversa idea de que las armas sirven para edificar un mundo a conveniencia del 1% de la humanidad “democrático” y “respetuoso de los derechos humanos”. Comprendo que para algunos puede resultar exagerado lo dicho, sin embargo, los hechos concretos demuestran todo lo contrario. Se comprueba fácilmente, solo hay que revisar someramente, las atrocidades cometidas por Estados Unidos.

Véase unos pocos ejemplos: las bombas atómicas contra   Hiroshima y Nagasaki; las múltiples intervenciones e invasiones a muchos países del mundo; la insólita guerra que ejecutaron contra el humilde pueblo de Viet Nam; masacres tristemente célebres como las del Chorrillo en Panamá que costó la vida de miles de seres humanos. En fin, como dije, es solo un simple botón de muestra, porque los ejemplos se comprueban por cientos.

Al escribir acerca de este triste tema mi mente viaja lejos, tanto como a mi niñez y adolescencia. Era la época en que mi pueblo tenía que vivir con la frente baja para no contrariar al gobierno estadounidense de turno, también de gobiernos corruptos y prostituidos que le regalaban nuestras riquezas; el del tiempo muerto para miles de familias campesinas; la odiosa politiquería; las torturas donde se incluía el desmembramiento de brazos y piernas y hasta golpes que destrozaban testículos de valerosos jóvenes, y hasta ver indignados cómo un marine yanqui se orinaba en la estatua de nuestro José Martí, o mujeres empujadas a la prostitución como única vía de subsistencia.  ¡Tanta era la afrenta!

Y yo, en medio de tanta mierda, me veo vestidito de cowboy, con dos cartucheras a la cintura  y sendos revólveres de fulminantes jugando a los buenos y malos, donde estos últimos siempre eran negritos.

En cierta ocasión nuestro José Martí, refiriéndose a EE.UU. dijo:

De esa tierra no espero nada más que males”.

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Doctores Rolando Álvarez Estévez y Marta Guzmán Pascual

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