Los ojos de Pablo

Pablo no es apóstol, ni siquiera sacerdote. Tampoco soldado ni doctor. No es maestro, carpintero o padre ejemplar. Nunca será recordado como dirigente o administrador.
Pablo pertenece a una especie difícil de alinear en alguna esfera de la vida cotidiana. Como relámpago pasó por este mundo y palpitó con él. Nada le fue ajeno. Quizás lo asombró algo, no lo sé, pero actuó como espíritu desde cada rincón.
 
Nada temió. A nadie subestimó. Conocía el peligro y lo avivaba. No era cosa de juego, era sacar de sus cuevas a las ratas y poner carnadas a los tiburones. Nadie fue tan rápido y certero para nombrar lo que le rodeó. Se adentró en la campiña y denunció los desmanes contra los guajiros cubanos. Fue a las calles, codo a codo en cada embestida estudiantil, obrera, intelectual, militante.
 
Las heridas son trofeos merecidos y así recibió los suyos. La cárcel no es oscuridad y encierro. Es libertad de los desamparados para gritar las verdades a las bestias que nunca conocerán la celda, pero sí de engañar y matar hombres.
 
Pablo es gigante desnudo con barba y pelo largo. Organiza clases al sol, porque mucho hay para aprender y enseñar a los demás, sobre todo, si lo envían a las circulares frías de la Isla de Pinos.
 
No se calla, jamás lo hará. Sus ojos se hicieron para verlo todo y su maquinita para escribirlo. Si no ocurre un hecho, se tira una piedra contra un cristal para que haya una noticia. El oficio es obligado. Pueden ser cartas, ensayos, crónicas, testimonios, cuentos, novelas.
 
El humor tampoco puede faltar. Hay que vivir en Cuba perseguido o irse de ella a encontrar nuevos guajiros en Nueva York y platos que fregar. Pero hay que salir al encuentro de las verdades, de lo bello y humano. Es preciso no fallarle a los que no tienen voz.
 
España se vuelve patria cuando en ella aparece el odio más bárbaro. La fiebre de los milicianos arrastra a Pablo, cual río embravecido a los toros de Miura. La Pasionaria, “El campesino”, Miguel Hernández, un niño como aliado, el parapeto y su debate de trinchera a trinchera, signaron a este hombre del mundo.
 
Nació Pablo de la Torriente Brau en Puerto Rico, pero cubanas fueron su cuna y su alma. El periodismo no fue un medio de vida. La vocación le salía a borbotones. La pasión y la exactitud lo distinguieron. Sus huesos se quedaron en Madrid. Su breve existencia sigue viva en los nuevos tiempos.
 
Cuando me alejo de Radio Ariguanabo por la derecha, buscando Calle Vivanco, me detienen los ojos de Pablo, esculpidos por Delarra, y siento el frenesí de los indignados de siempre, alertas ante la jauría humana.
 
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Doctores Rolando Álvarez Estévez y Marta Guzmán Pascual

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