#FarsaDeSanIsidro no asombra, pero indigna

Cuando se es viejo, honesto y amante de su patria, es muy comprensible que se posea la virtud de establecer criterios verdaderamente justos y opiniones apegadas a la más estricta verdad.

Y si, además, ha vivido intensamente el proceso revolucionario que barrió de un plumazo períodos tan oscuros de la Cuba neocolonial con sus enormes males sociales, podrá comprender con el mayor rigor y certeza lo recientemente acontecido en la barriada de San Isidro, territorio como otros muchos marcados por la pobreza y  males típicos de aquella época  que vivimos, colmada de todo tipo de males sociales; eran también los casos de Pogolotti, y Jesús María entre muchos otros a lo largo y ancho de nuestra isla.

Y realmente resulta en extremo doloroso constatar cómo de uno de esos barrios surgen seres sin patria, rentados por el enemigo común de los pueblos, y capaces de vejar hasta su propia y sagrada bandera.

Produce indignación, pero ahí están, reales y altaneros incluso, aplastando los símbolos más sagrados de la nación que los vio nacer. Ya no asombran esos gusanos que corroen las mismas manos que los alimentan, la maldicen y añoran vivir en la pesadilla americana envueltos en billetes verdes e inclinando la cabeza ante el amo imperial.

Por eso afirmo que nosotros, los de la tercera edad, es probable que nos haga más daño conocer casos como los ocurridos hace pocos días frente a nuestro Ministerio de Cultura, protagonizado por una variedad de seres, algunos ciertamente confundidos, otros sencillamente curiosos, pero los más, lamentablemente, eran  enemigos encubiertos, vestidos con ropaje de ovejas, muy “preocupados” por el destino de Cuba.

Podemos estar absolutamente convencidos que estas acciones constituyen una pieza más de un entramado mucho mayor y perverso, es decir, destruir a la revolución cubana creando muchos otros objetivos como mostrar una sociedad en crisis, sin oportunidades, declarada en banca rota, donde no se disfruta de ningún derecho humano. En otras palabras: virar al revés lo que la revolución ha logrado con heroísmo, audacia, valentía, y  el apoyo insuperable de todo un pueblo guiado por Fidel. 

Ni más ni menos. ¿Pretenden llevarnos al pasado?, ¿Creen que lo lograrán?, ¿Están seguros que podrán derribar con simples actividades bochornosas a la revolución? ¿Tienen la certeza que insultando nuestra bandera envuelta a un tipejo que sentado en una taza sanitaria anuncia su “patriotismo”, o protagonizando un acto bochornoso prácticamente desnudo?

Es que, además, de los objetivos que he señalado, hubo otro que resultaba manifiesto: hacer creer que eran olvidados, y no se les escuchaba sus demandas. Y ante tal pretensión surgió la lógica invariable de la revolución, que se puede resumir en las ideas siguientes: claro que podemos reunirnos para escuchar cualquier tipo de discrepancia, siempre que sea con respeto a nuestras instituciones; hemos sido, y somos, solidarios con todo el que, aún con discrepancias, desean honestamente beneficiar a la revolución; pero no admitimos imposiciones de ningún tipo orientadas desde el norte para revertir nuestras conquistas; no nos reuniremos jamás con los capaces de vender a Cuba y postrarse de rodillas ante el enemigo y hasta profanar la figura de nuestro amado José Martí. Y no lo haremos, incluso, por respeto a nuestros muertos sagrados.

A toda esta gentuza se les olvidó que nuestro querido Fidel Castro fue el autocrítico mayor; el mismo líder que, apenado, reconoció ante su pueblo las causas y efectos de haberse incumplido con la zafra de 1970 y reconocer otros errores y tendencias negativas que se estaban cometiendo. Nadie le exigió tan digna postura con posiciones de fuerza. Nadie como él para saber escuchar a todos y para ganarse el respeto y el cariño de todo un pueblo. Es el mismo Fidel que aún asombra el mundo y es guía indiscutible de todos los que ansían o salvaguardan el decoro y la dignidad de los pueblos. 

Merecen respeto los que honestamente discrepen pensando en el beneficio de la patria; pero rechazamos a todo el que pretenda convertir a la Isla rebelde en una colonia al servicio del imperio. Es así porque los cubanos jamás hemos aprobado ningún curso de lacayos ni cobardes. Preferimos la paz y el perfume de las flores, antes que la guerra y el lodo que produce. Estos últimos, malos cubanos, por supuesto ignoran a Martí y hasta lo repudian; no saben que un día dijo

Mal puede luego alzarse a hombre el que se educa como a siervo mísero”.

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Doctores Rolando Álvarez Estévez y Marta Guzmán Pascual

  • LIBRO DIGITAL: Del Caribe, de Cuba. Una aproximación.
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