Frente al homenaje al batistato la acción revolucionaria

El 7 de abril de 1957 se produjo uno de los actos más lacayunos de las llamadas clases vivas como manifestación de respaldo al régimen militar del 10 de marzo de 1952, el autodesagravio preparado por el propio tirano después de producirse el asalto de integrantes del Directorio Revolucionario al Palacio Presidencial, el 13 de marzo de 1957.

Allí, donde todavía estaban frescas las huellas del combate y donde aún parecía respirarse la pólvora de los disparos de las armas, coincidieron los más altos representantes de la burguesía, hacendados, terratenientes, jerarca de los partidos políticos batistianos, altos jefes de las fuerzas armadas, y por supuesto, el embajador de Estados Unidos en Cuba.

Esta acción genuflexa, fue el epílogo de otras realizadas en el mismo lugar, entre el 27 de marzo y el 5 de abril protagonizadas por banqueros, comerciantes, industriales, colonos y ganaderos.

Frente a toda esa ignominia estuvo la decisión revolucionaria para dar respuesta contundente a lo programado por el batistato.  De ello se encargarían los principales jefes del Movimiento 26 de Julio en la Habana, entre otros, Sergio González (El Curita) Oscar Lucero, Marcelo Salado y Arístides Viera.

El plan, ideado por el Curita, consistió en producir numerosas explosiones en el preciso momento en que el dictador debía realizar su discurso de agradecimiento a los presentes por el homenaje organizado.  Y así fue.  Se cumplimentó con la mayor compartimentación y disciplina lo orientado a todos los combatientes involucrados. Los mismos, incluyendo los jefes, alquilaron habitaciones en los distintos hoteles que circundaban el Palacio Presidencial, en la noche del 6 de abril, inscribiéndose en las respectivas carpetas de dichas instalaciones con el apellido Castro y con la fecha de nacimiento, el 26 de julio.

Los combatientes, estaban provistos de granadas, balas de diferentes calibres, cocteles molotov y otros explosivos como fósforo vivo.  Cada habitación alquilada, y a la hora señalada, pronto se convirtió en una gran llamarada utilizando los colchones, y donde se producían numerosas explosiones.  Todo bien preparado para que se convirtiera esa tarde del 7 de abril en un sabotaje en cadena como protesta de gran dimensión contra la farsa instrumentada.

En un testimonio ofrecido por el combatiente Rogelio Montenegro, uno de los principales ayudantes de el Curita, y participante de aquellas acciones, se conoce que ya dentro de las habitaciones “ … se preparaba el sabotaje. En el caso de las granadas, se les quitaba las anillas, se amarraban con cordel y se mojaba con aguarás.  Cuando el aguarás quemaba el cordel, se saltaba la espoleta y la granada explotaba.  En cuanto a las balas, se ponían en el colchón, y se mojaba el colchón con aguarás, después el colchón cogía candela, y las balas se quemaban y explotaban”.

Un hecho relevante a destacar y protagonizado por los clandestinos fue la sincronización con que se realizaron los sabotajes.  Además, y según lo previsto, las explosiones se produjeron después que todos aquéllos habían abandonado los distintos hoteles: el Washington (Virtudes y Zulueta), Lincoln  (Virtudes y Galiano), Plaza (Neptuno y Zulueta), Nueva Isla (Máximo Gómez 259), Central (San Rafael y Consulado), San Carlos (Egido y Monte), y otros.

En ninguno de los hoteles hubo que lamentar daños humanos entre el personal que allí laboraban, como tampoco entre los combatientes clandestinos.  Los medios de difusión, en especial la radio, se encargarían de reportar lo sucedido aquel día en que Batista hizo un discurso de seis minutos, a las 3:p.m. a los apapipios que lo rodeaban.

Además de un sabotaje a gran escala y como repudio al régimen de facto, fue un homenaje digno a quienes el 13 de marzo de 1957 y en el mismo Palacio Presidencial combatieron, entregando sus valiosas vidas, y con su sangre abonaron el camino hacia el triunfo revolucionario del 1ro. de enero de 1959.

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Doctores Rolando Álvarez Estévez y Marta Guzmán Pascual

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