Aquella vida del artista cubano en la radio

Allá por los años 30 del siglo pasado, período sombrío de aquello que se llamaba república, los artistas que intervenían en la radio no se les concedía, ni siquiera, el debido reconocimiento, y mucho menos se les pagaba acorde a sus sacrificios y valía artística.

De aquella época casi siempre se habla de la música en general, sus autores,  intérpretes, grandes orquestas etc., pero muy poco o casi nada, acerca de cómo era la vida de ellos, los que debían abrirse camino a costa de grandes sacrificios, a pesar de que muchos poseían una indiscutible calidad, pero siempre estaban acompañados por la incertidumbre y la desesperanza.

De este penoso tema se pueden escribir muchas cuartillas con detalles y anécdotas, no obstante, me permito brindarle sólo una somera visión a modo de invitación para continuar indagando.

Por aquella época era muy frecuente, en cualquier emisora de radio,  orquestas de tanta calidad como las de Cheo Belén Puig, Belisario López, Hermanos Castro etc. Debían trabajar en programas que duraban una hora y más; se daba el caso de agrupaciones que tocaban para un programa de la mañana y otro de la noche en el mismo día; y algunas  que lo hacían para varias estaciones y en horarios diferentes.

Resulta fácil imaginar lo que tal exceso de trabajo significaba para los músicos. Claro, lo hacían porque era el necesario trampolín para alcanzar la tan deseada popularidad y, aunque a estas alturas del tiempo parece algo irreal, hay que decir que algunos dueños de emisora sólo sufragaban el costo del pasaje y, hasta en ocasiones, “el café con leche”.

Otra cosa verdaderamente increíble era que muchos artistas y conjuntos musicales recibían unas cuantas monedas de 20 centavos por su actuación meritoria en las radioemisoras. Claro, todo esto le sucedía a los del patio, porque a los foráneos como la excelente y popular cantante argentina Libertad Lamarque, se le llegó a pagar unos 50 mil pesos, lo que podía justificarse por el incuestionable talento de la artista, pero no era menos cierto que, con respecto a los nuestros, constituía una insultante subestimación.

Tanta injusticia de los propietarios de emisoras y todo el andamiaje a su alrededor, se entendía como algo natural en aquella sociedad; incluso se podía llegar a pensar que nuestros artistas “debían ser agradecidos” por poder actuar en las estaciones de radio.

Lo que sucedía con la llamada Sociedad de Autores Cubanos de aquellos tiempos. Para ello me baso en un único ejemplo que, por si sólo, descubre cómo andaba nuestra cultura. Julio Brito, autor de la célebre canción “El amor de mi bohío”, pieza sumamente popular, aseguró que la mencionada Sociedad le pagó en un mes la ridícula cantidad de $0.40 por la difusión de su obra. Es decir, el artista pasó por la bochornosa y miserable prueba de recibir unos pocos centavos cuando su bella canción se encontraba en pleno apogeo. Naturalmente, lo que ocurría con Brito y otros como él,  no era más que el reflejo de una sociedad que generaba  injusticia.

Quien desee continuar alguna indagación de aquel pasado, le recomiendo que conozca qué le sucedió, nada más y nada menos, que a nuestro prestigioso Ballet Nacional de Cuba,  que tanto aportó, y aporta, al arte mayor.

Ayer marginado, subestimado y sin recursos imprescindibles; hoy, un verdadero orgullo del pueblo cubano y de todos los que aman la danza clásica en el mundo. También  puede decirse de tantas figuras, autores, intérpretes, orquestas, y muchos  que brillan con luz propia en Cuba y en el extranjero y, por supuesto, para el beneplácito de la radio cubana que sabe retribuir el valor de la cultura.  Es el reflejo de una sociedad justa, simplemente.