Primer fusilamiento masivo en la guerra de 1868

Las logias masónicas fueron verdaderos laboratorios revolucionariosA partir de la segunda mitad del siglo XIX, las Logias Masónicas se convirtieron en verdaderos laboratorios de ideas revolucionarias e independentistas, entre ellas se destacaron las pertenecientes a la parte más oriental del país, Jiguaní, Bayamo y Santiago de Cuba; en ésta última varios miembros de esa hermandad fueron conducidos a la cárcel el  29 de junio de 1869, por el único delito de ser partidarios de la libertad de la isla.

Los encarcelados fueron el Licenciado Gonzalo Villar Portuondo, y los  Doctores Rafael Espín Almansa y José Antonio Pérez y José Antonio Collazo, todos ellos eran masones  gozaban de gran prestigio. El 22 de julio de ese año fueron puestos en libertad y el 28 de ese mismo mes fueron arrestados nuevamente, menos Villar por estar postrado en cama e imposibilitado de moverse; asimismo también ese día y  por igual causa fueron arrestados Salvador Benítez Quintana  y Joaquín Ros, este último desempeñaba el cargo de Comisario de Policía del distrito norte de esa ciudad; en el mismo lugar también estaban detenidos desde antes, los patriotas Bruno Collazo, Ascencio de Ascencio (padrino de Antonio Maceo), Andrés Villasana y Bartolomé Montero.

Con el pretexto de celebrar un careo con algunos presos que estaban en Vuelta Grande, Jiguaní, todos fueron embarcados el 30 de julio en el vapor “Cienfuegos” rumbo a Manzanillo; junto a ellos viajaron también algunos familiares y amigos tales como Exuperancio Alvarez, Manuel Fresneda, Manuel Benítez, hermano de Salvador, y Joaquín González, calesero del doctor Pérez.

Al llegar a Manzanillo se hizo cargo de los detenidos el Teniente Coronel Carlos González Boet, quién con su contraguerrilla y ayudado por el práctico Rafael Santo los condujo a Bayamo, y de allí a Jiguaní donde llegaron el 5 de agosto; un arriero, cuyo nombre no ha sido dilucidado por la historia, fue quien llevó sus maletas hasta este lugar.
Cuentan los documentos que al llegar la comitiva, el Comandante Militar de Jiguaní, Capitán Manuel González Domínguez encerró en la sala de sesiones del Ayuntamiento a todos los que llegaron en calidad de detenidos así como a sus acompañantes.

El ejército español estaba ávido de venganza, dados los golpes que les estaban propinando las fuerzas mambisas en el campo de batalla, de ahí su accionar despiadado. Se fraguaba un gran baño de sangre.

A las 4 de la tarde del día 6,  llegó a la Villa el Teniente Coronel Palacios y como resultado de una riña pasional, en la cual llevó la peor parte, y valiéndose de un pelotón que acudió a sus gritos, ordenó la detención de Manuel Estrada, causante de sus alaridos y novio de quién pretendía hacer su víctima amorosa, aquel hombre fue amarrado por el tronco, las piernas y los brazos a una ventana del Ayuntamiento, cuyas amarras fueron tan mordaces que cortaron sus carnes convirtiéndolo casi en un cadáver.

Los templos masones de Jiguaní, Bayamo y Santiago fueron los más activos y revolucionariosA la llegada de Palacios habían sido hechos prisioneros también Manuel Matarais, comerciante de Baire, el catalán nombrado Juan Ferrán, escribano público de Jiguaní, a quién se le atribuyeron unas notas encontradas en el camino de las trincheras, en la que se informaban a los mambises el número de soldados que permanecían en la plaza.

En la madrugada del día 7, a todos los detenidos en el ayuntamiento se les hizo saber que iban a ser conducidos a Vuelta Grande, lugar situado a unos 23 km. al Norte de la Villa de Jiguaní, para un acto de careo y que una vez celebrado serían trasladados a Santiago de Cuba y puestos en libertad los que resultaran inocentes.

Antonio Bacardí y Morales, historiador de Santiago de Cuba, nos dejó estas imágenes sobre el último tramo de aquella ruta de la muerte:

“...atados unos con otros y custodiados por el Capitán Ordóñez, dejando al celador de policías Vicente Linero a la salida del pueblo para que no permitiera pasar a ningún paisano, se les condujo por el camino de Monte Alto hasta los Marañones y allí fueron asesinados y robados de la manera más inicua, al extremo de que para arrancarles los brillantes que algunos de ellos llevaban, les cortaron los dedos a machetazos. El teniente de guerrillas Federico Hechavarría (Federicón) fue el encargado de llevarle a Valmaseda los caballos y las maletas que contenían gruesas sumas de dinero del que se habían previsto al embarcar, creyendo que por este medio podrían salvar la vida....”.

Al salir de Jiguaní, apenas habían avanzado un kilómetro y en el lugar conocido como Los Marañones fueron vilmente asesinados el  Doctor Rafael Espín Almansa, Doctor José Antonio Pérez, José Antonio Collazo, Salvador Benítez Quintana, Joaquín Ros, Bruno Collazo, Ascencio de Ascencio, Andrés Villasana, Bartolomé Montero, Exuperancio Alvarez, Manuel Fresneda, Manuel Benítez, Joaquín González, Manuel Estrada, Juan Ferrán, José Bonafé, Manuel Matarais y Miguel Perelló; hay tres más, criados de Espín, de Pérez y de Benítez, cuyos nombres no han sido identificados.

Aquel 7 de agosto de 1868 perdieron la vida 21 inocentes compatriotas, que para la historia hoy son las víctimas del primer  fusilamiento masivo de la guerra hispano-cubana de 1868.

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