Una Rosa nacida a la eternidad

Cuando los españoles Lupe y Santiago procedentes de Cuba arribaron seis meses antes a la llamada “Ciudad de los Rascacielos”, se disfrutaba allá de un caliente verano. Ahora es distinto; el invierno neoyorquino asestaba con su fuero las calles y rincones de la gran ciudad.

El puente Brooklyn, que une el territorio continental a la isla de Manhattan, se teñía de un gris azulado bañado por la niebla, mientras las coníferas del Central Park parecían salpicadas de algodones congelados. 

En medio de aquella circunstancia peculiar transcurrió el domingo once de febrero de 1923 en que doña Lupe empezó a sentir dolores de parto. Aquel mismo día le nació una hermosa niña cuyos ojos destellaban como dos estrellitas con luces superpuestas a los escasos e intermitente rayos solares. Aquel alumbramiento realizó el milagro de una rosa nacida en pleno invierno. La llamaron Rosalía Lourdes Elisa; sus apellidos: Palet y Bonavia.  

El matrimonio y la pequeña permanecieron en los Estados Unidos hasta que la separación matrimonial trajo de vuelta a Cuba a madre e hija. En La Habana doña Lupe conoció a José Fornés Dolz, un próspero empresario valenciano con quien contrajo nuevas nupcias. Los tres partieron rumbo a España hasta que los avatares de la Guerra Civil aceleraron el regreso a Cuba. Fue en La Habana donde la adolescente siguió creciendo, rodeada de un ambiente cultural exquisito. 

Llegó a Cuba, su Patria definitiva e irrenunciable, con el que sería por siempre su nombre artístico de Rosita Fornés, al asumir el primer apellido de su padre adoptivo. En 1938  ganó el primer premio en el programa radial “La Corte Suprema del Arte”, y de ahí en lo adelante se abrió para ella un horizonte de éxitos que la acompañarían poco más tarde en el Cine, tanto en Cuba como en México, y en los diversos escenarios que visitó. 

Rosalía no demoraba en revelar sus aptitudes artísticas.  Personalidades de la talla de Margarita Lecuona, Enriqueta Sierra y Mariano Meléndez figuraron entre sus primeros maestros, quienes avizoraron el talento y la gracia de aquella muchacha. Un español que tanto amó a Cuba, Antonio Palacios, la contrató para que debutara en el teatro en una zarzuela, con solo dieciocho años, edad que no fue impedimento para develar la excepcional belleza física que, como valor añadido, se sumaba a las dotes artísticas de la joven.

Cuando Ernesto Lecuona fundó su compañía de arte lírico en aquel mismo Teatro Principal de la Comedia, salió presto a buscarla para que interpretara un papel en el estreno de la zarzuela “La del manojo de rosas”, y otras más. 

Así se tejió un año tras otro, el ascenso definitivo de Rosita Fornés al estrellato universal. 



Hace pocos días conversaba con varios colegas y una compañera hizo referencia a que este 11 de febrero, Rosita Fornés habría celebrado su 98 cumpleaños, de no haberla arrebatado la muerte. Al recordar la plática días más tarde empecé a hacer memoria de toda la gloria que Rosita abarcó, y cómo en una época en que muchas y muchos decidían salir de Cuba en búsqueda de fortuna, ella prefirió quedarse con nosotros y compartir nuestra suerte, como muestra evidente de su amor patrio infinito.   

Evoco a Rosita en televisión, en teatros, en el cine, rodeada de gente de pueblo y siempre con una sencillez y nobleza de carácter que nos hacían quererla más. La recuerdo cuando durante una visita a Cienfuegos quise entrevistarla y pidió que se me permitiera visitarla en su habitación del hotel Pasacaballo. Llegué y me recibió con una sonrisa contentiva de ternura y afecto. Estreché sus finas manos y percibí el tacto suave de una diosa terrena, cubana, tangible, modesta y grande como ninguna otra lo ha sido. Su modo de hablarme aturdía mi mente de emoción porque mi corazón no dejaba de latir agitado frente a tan grande personalidad universal. Aquel fue un privilegio que la vida me concedió. 

Cierto que este 11 de febrero cumpliría 98 años, pero la existencia es implacable y el tiempo vital limitado. Ahora que estamos a cuatro meses de conmemorar el primer aniversario de su partida física, caigo en la cuenta que seres humanos como Rosita Fornés merecen un cumpleaños diario por la eternidad de su impronta. 

En 1923 en la fría urbe neoyorquina se abrió para su familia y para el mundo una flor. Para Cuba y su pueblo nacía con ella la Rosa de Cuba cuyos pétalos subliman con su aroma la eternidad del arte cubano.