Folletines radiotelevisivos de la Cuba de ayer

Basta echar una ojeada al interior de los hogares de los avileños en horarios estelares para comprobar que la mayor parte está sentada frente al televisor viendo, comentando y hasta discutiendo, acerca de la telenovela de turno.

Algo similar ocurre en otros horarios, cuando las amas de casa y personas que permanecen en el hogar están atentos a las radionovelas del momento.

Tal afición, convertida en elemento cultural que nos caracteriza, se remonta en el tiempo, con el surgimiento de la radio en el país.

Aquellos que anteriormente se desvivían por los folletines que publicaban periódicos y revistas, pasaron a degustarlos auditivamente, echando a volar la imaginación, ayudados ampliamente por el narrador y el guionista.

Una de las primeras radionovelas que enganchó al público nacional escrita por el cubano Félix B. Caignet, fue Chan Li Po, un detective chino que en cada serie transmitida aclaraba misterios escalofriantes y descubría crímenes insospechados.

Sería, sin embargo, El derecho de nacer, también del prolífico Caignet, la que acapararía, allá por los años 40 del siglo pasado, la atención de la radioaudiencia nacional, al punto de que juegos de pelota, funciones de teatro y cine no comenzaban hasta que el capítulo del día finalizaba.

Mis abuelos, procedentes del campo, contaban que, como en la zona había solamente uno o dos aparatos de radio de aquellos de pila o batería, familias enteras se trasladaban al oscurecer, farol en mano, a largas distancias para no perderse los avatares de Albertico Limonta, María Dolores y hasta del señor Rafael del Junco.

Patrocinados por las empresas jaboneras y de cosméticos de la época, surgirían también otros espacios que no tardarían en convertirse en favoritos del público, como Leonardo Moncada o Los tres Villalobos, los cuales lograban detener el tránsito y las faenas de la casa durante su transmisión.

El filón descubierto permitió que jabones como Palmolive y Hiel de Vaca, el chocolate Kresto o la leche de magnesia Philips patrocinaran otros héroes de la talla de Taguarí (especie de émulo de Tarzán), Sakiri el Malayo o Rafles, el ladrón de las manos de seda.

Con el triunfo de la Revolución se quiso cambiar ese tipo de cultura comercial que no se avenía con los nuevos conceptos ideológicos y, durante décadas, tanto la radio como la televisión transmitieron productos que no lograron totalmente la complacencia del público tele y radioyente.

Sin embargo, en los últimos tiempos los decisores parecen haberse conciliado con la llamada cultura de masas y, tomando lo positivo de tales producciones, se acercan a lo que el público cubano quiere ver, tal es el caso de la actual telenovela El rostro de los días, que, de algún modo, compite con el culebrón brasileño de turno.