Rosita Fornés, más allá de cualquier escenario

Más allá del aire glamuroso y del traje que llevaba como una rosa, más allá del esplendor que recordaba la belleza de todas las épocas, más allá de las luces y de un teatro que reunió a un público fervoroso y de la multitud desconsolada en la acera de Prado porque se agotaron las entradas ( como en los tiempos del Mella y el Amadeo Roldán), más allá del homenaje a uno de los más largos y luminosos periplos artísticos, la función del 2 de abril de 2019 en el Gran Teatro de La Habana quedará en la historia como la noche de una emoción suprema en la trayectoria artística de Rosita Fornés. La única vez en su vida en que la estrella no pudo salir al escenario para agradecer los aplausos de sus admiradores.

Las luces del teatro encendidas, los espectadores de pie, exclamaciones espontáneas de delirio en la platea, sorpresa de los animadores cuando la Fornés se incorporó de su butaca con la intención de dirigirse escoltada al escenario. Gritó una frase. Fue un estallido de sentimiento. Le pidieron que hablara. Debieron haber previsto un micrófono en el lugar donde estaba sentada.

Allí, durante el intermedio, decenas de devotos la habían rodeado y los teléfonos móviles rivalizaron para captar su imagen. Algunos lograron hacerse selfies. Quizás en esos minutos fue la mujer más fotografiada del mundo. No dejó de sonreír. Devolvió saludos. Lucía regocijada y regia (recuperemos algunos adjetivos) . Y los artistas que participaban en la gala mostraban su orgullo por ser parte de un momento trascendente.

Después de unos instantes de expectación, informaron que finalmente Rosita no se sentía en condiciones de salir a escena. Hubo preocupación y gente que se asustó. Como muchas de las personas que colmaban el teatro, me hubiera gustado verla cerrando la gala, mimada por los aplausos finales, en la que probablemente sea su última gran presentación pública.

Ella que desempeñó su oficio de diva con la disciplina de una obrera no pudo evitar, en el pasillo que se extendía entre su palco y el escenario, protagonizar un suceso que hay que interpretarlo como el gesto de humildad de un corazón de 96 años, estremecido ante el amor de varias generaciones.

Rosita estaba más allá de cualquier escenario. Había entrado en el territorio de las emociones gloriosas, arropada para siempre en la leyenda.

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